
“Es la hora de tener mis propias corbatas”
U. Arteaga.
No soñaba con ella hace meses. Al menos no de noche. Estábamos en la fila para ver una película extrañísima: Una carrera alrededor del mundo a bordo de todas las naves de la factoría Star Wars. "Qué loco, Ché", se agitaba Lidia.
En la fila, un tipo con sonrisa de sepulturero me llamaba para saludarlo. En el instante en que se abrían las puertas del infierno con pantalla y butacas y la perdía de vista. Me cruzaba por encima de los asientos sobre la gente que comía como en un cumpleaños. Saltaba las butacas de a tres y no aparecía. Pisaba las cabritas que sonaban como insectos, la gente me lanzaba pizza y bebidas diet.
Junto a la proyectora, amenacé con un libro de nóveles poetas chilenos al cojo para que prendiera las luces, pero se apertechó tras una Enciclopaedia Británica. Salí con la furia de un musulmán el día lunes e incendié el cine como Kayzer Soze. Cabrón de pocos amigos.
Con el cuello de la camisa apuntando al cielo y la cara hacia el suelo la dejé ir no más. Perdido y sediento vagaba por la casa de sus amigas, nadie sabía de ella. Pero ahí estaba, de bata y sin maquillaje como siempre. Esperándome en la casa, cargando la lavadora. Lidia la sonriente y ataviada con su toalla sobre el pelo mojado. Le sentaba bien ese look doméstico y esas labores de dueña de casa desencantada. “Lavando el traje de papá”, como en la canción. La habría besado, pero estaba acompañada de una anciana atractiva y mis dos hermanas. Les contaba ese chiste eterno que todos le pedían:
"...Y llega entonces el caballo al bar, se sienta a la barra y pide un whisky. El barman le tiende el trago y mientras seca un vaso le pregunta:
-¿Porqué esa cara larga?"
No entiendo. Siempre esperé el remate de ese chiste mientras los demás ya se reían. No se porqué hoy esta cara larga.