August 8, 2005

VINE, VI Y ME FUI (NIÑO PROBLEMA)



“El cerebro es mi segundo órgano favorito”
Woody Allen
Tres veces al día se escapaba de la sala de clases y hacía eso que a los adultos no le gusta que los niños hagan, pero que ellos en su respetable madurez gozan malévolamente. Lo hacía a escondidas de sus compañeritos de kinder que seguramente no entenderían tal placer y también lo condenarían por ignorancia como la tía Anita, la directora del colegio o sus papás quienes lo atacaban y reprendían duramente, demasiado fuerte para un pequeño de seis años. Era un incomprendido y precoz mártir que valerosamente –según él- se había adentrado en un mundo de intensos placeres que el lego y los autitos no podían igualar siquiera. Aún así, él lloraba cuando lo descubrían haciéndolo en el baño, detrás de las salas, entre las frondosas matas de bambú del patio y los sitios más increíbles; inclusive muchas veces lo bajaron a patadas de la micro.
El lugar común era llamar a la mamá que se deshacía en disculpas por ser madre soltera y separada dos veces, luego venían las inútiles y aburridas mañanas con la sicóloga que tenía el extraño tic de tocarse la punta de la nariz con el labio inferior. Ella le hablaba de lo linda que es la niñez como para desperdiciarla en juegos de grande que ya tendrían lugar más adelante, le hablaba de un tal Freud que seguramente era un niño que también compartía su delicioso pasatiempo en otro colegio, todas las veces le mostraban unas manchas de tinta donde él a carcajadas decía ver los rostros de Larry, Curly y Moe. Cada sesión finalizaba con los buenos deseos de la psicóloga: “lo único que lograrás será un velludo par de manos callosas”. A la salida de la consulta, un retrato de Pinochet le decía que no se tomara tan en serio a los adultos. Todo eso era para él solamente una anécdota, ya que nunca dejaba de hacerlo y el placer de recordar que era una actividad tan objetada lo hacía aún más divertido.
Recurrió a lo largo de sus cortos años a diversas combinaciones que tenían siempre como principal actor a su juguete fetiche. Se propuso hacerlo con límites de tiempo entre los comerciales de Pipiripao, lo hacía también bajo el agua y hasta en posición invertida, pero algo faltaba. Ahora que terminaba el cuarto básico lo hacía al ritmo de las canciones de Pin Pon, mas tarde experimentó con los arrogantes compases de “I’m the Walrus” de los Beatles y comprendió que siempre se podía mejorar. Cuando descubrió el casete de Pink Floyd en la pieza de su madre supo que desde ese día su vida ya iba en bajada. El acto se volvió psicodélico y lo acompañó entonces hasta la saciedad. No quiso experimentar nada más que eso.
La polémica terminal llegó el día en que lo descubrieron en el cumpleaños de la Barbarita cometiendo una de sus barbaridades bajo la mesa de la festejada en el momento en que se encendieron las luces luego del happy birthday. Como medida desesperada decidieron fomentar en él un nuevo hobby que acabara con su mala costumbre. “Proyección” lo llamaba la sicóloga de la mueca ridícula: “desviar esos impulsos nefastos hacia una actividad más positiva” Así que le compraron un piano que no recibió con mucha alegría, ¿porqué un piano y no una flauta o un saxo? . Ya no importaba, porque entendió que era la mejor manera de dejarlos tranquilos y a la vez de que ellos no se entrometieran entre él y su onanista práctica.
Su mamá lo ponía tres horas diarias frente al armatoste y el azotaba sus teclas con el odio de quien había sido separado de su instrumento favorito. El teclado lo miraba con una diabólica sonrisa albinegra que lo angustiaba. En pocos meses y sin darse cuenta empezó a dominar las clavijas casi tan bien como a sus viejos instintos. La mamá lo acostaba cada noche con las manitos bajo la almohada en la misma dulce posición del angelito que decoraba las cortinas de su cuarto y él con mayor frecuencia perdía las ganas de jugar con su precoz anatomía. La ansiedad de su próxima cita furtiva con él mismo, su obsesivo y secreto objeto del deseo que antes le brindaba mayores satisfacciones que ver televisión en sus constantes suspensiones, se le fue aletargando.
Así se sucedieron los años y llegó a ser un virtuoso chico pianista con dedos ágiles y delicados que trataban al piano con una dulzura que el recordaba vagamente como a un viejo amor. Ganaba concursos de interpretación y viajaba con su polola Claudia, a la que en realidad no amaba. Le dedicaba a ella los trofeos y galvanos y sus dólares verdosos y arrugados y ella los gastaba porque tampoco lo quería. Se sentía como un rey solitario en un trono que en verdad era un trípode. Ganaba y ganaba, besaba y besaba. La mamá en su cuarta separación se daba de palmaditas en la espalda con la sicóloga de la mueca ridícula y se decían: “lo dejamos impeque”. Las horas en hoteles y Teatros internacionales se le hacían eternas como los temas instrumentales de Pink Floyd, se sentía como una bestia enjaulada y de pronto su animo mejoró después del rompimiento con Claudia, ella se fue con un violinista japonés tras una violenta disputa de la que él solo recuerda el vocativo: “animal repugnante”. Nunca le habían dicho eso, ni siquiera en sus días de colegio. Pero eso no lo inquietaba, estaba en su mejor momento artístico, hasta empezó a componer y lo mejor era que a nadie, ni siquiera a la mamá, le importaba ya que se demorara tanto en el baño antes de cada torneo.

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