
Se nos fue el Gordo. Y aunque suene redundante, el vacío que dejó es tan enorme como su catálogo. Los obituarios lo recuerdan como un Jimmy Swaggart porteño, el cabecita negra argentino lo extrañará como el maestro de ceremonias de la noche embutido en su smoking rosa, el dueño de las gatitas o el cabrón que le tapa el camino a Al Pacino. Con una humanidad tan grande como el forado que lo contiene en el Cementerio de la Chacarita, el mismo donde está Gardel.
“Soy el médico, que vengan las guachas”, invitaba el recién fallecido Jorge Raúl Porcel de Peralta (1936), a sus chicas sin estrías en “A los cirujanos se les va la mano”. Una película de 1980 que viene a ser la quimera del oro del cine cómico argentino. El libertino adiposo siempre se rodeó de lolas de catálogo y profesiones improbables que le reportaban grandes momentos con Susana Jiménez, Moria Casán y su partner, el flaco Olmedo o Jorge Luz.
Finalmente, paseándose entre sus gatitas, el Gordo Porcel vio la luz divina y terminó predicando el evangelio según la pasta. Instaló un restaurant de comida italiana en Miami y rasgó sus vestiduras diciendo adiós a un legado de más de 50 películas. Dejó estanterías de videoclub atiborradas de títulos como “Los caballeros de la cama redonda”, “Los fierecillos indomables”, “Mírame la palomita”, “Los colimbas se divierten”, “Te rompo el rating” o “Atracción peculiar”.
La última vez que estuvo en Argentina fue como cristiano converso. Lo persiguieron las cámaras y vehículos de programas de farándula para cobrarle estos últimos minutos de fama y su pasado de señor corales. Pero ahora el circo era otro. Poca distancia podía sacarle a los amarillistas en su silla de ruedas y víctima de diabetes e infecciones varias. Problemas que se lo llevaron a la tumba a sus 70 años.
Tuvo entre sus apadrinados a Hugo Varela, Coco Legrand y al mismísimo Maradona. Y hasta se paseó por Hollywood como un Don Corleone de medio pelo en “Atrapado por su pasado” de Brian De Palma, compartiendo balazos y créditos con Al Pacino. Pero para entonces ya había dejado la revista y la noche. Porcel le cedió su cupo a otra serie de cómicos que si bien siguieron vetas distintas merced a la contingencia, tienen el reconocible trazo de las rutinas de Jorge Porcel en su vida y obra.
Lo mismo que la incombustible maquinaria argentina de series de TV como “Petardas”, “Rompeportones” y la recordada “Brigada Cola” que suele aparecer de manera fantasma en la tele local de madrugada. Grotescos refritos vinculados al típico canario alimentado con demasiado alpiste y víctima de los faunos favores de mujeres insaciables, tontuelas con más curvas que Luis XVI. Tan exhuberanrtes que no están destinadas a quedarse con un esmirriado trabajador clase media.
Duplicados de Porcel, quien hizo lo propio en sus happenings y comedias en pro de la dictadura, donde el servicio militar era algo así como el Pasapoga. “Operación Ja Ja”, “Polémica en el bar”, “La peluquería de Don Mateo” y “Las gatitas de Porcel” en la tele sacaban los ojos de la crisis y daban a cambio nombres sugerentes para el cachondeo. Lides en que causaba más gracia cuando el Gordo perdía el penal en el área chica y terminaba bajo los golpes de la patrona o disfrazado de Tota, cediendo a la tentación bajo sus faldas: el final forzado en que el adulterio se pagaba a piñazos o sentado en la vereda. Ahí el Gordo se ataba la corbata y se levantaba con el esfuerzo de un oso para perderse tras la escenografía de cartón. Como un hombre voraz, básico y universal a la vez. Su mejor chiste.




